Requiem por un sueño

El de hoy ha sido un despertar ensombrecido. Durante toda la noche un sueño único se ha empeñado en completar su narración, a pesar de que varias veces me he desvelado ansioso, interrumpiéndolo. Al volver a caer, cada vez, en el letargo, regresaba siempre al mismo escenario de mi sueño, en torno al Palacio de Doñana, donde sus habitantes, los del tiempo del Coto, recogían todo lo suyo para marcharse definitivamente. Se cruzaban las despedidas tristes con los comentarios jocosos y las bromas sobre lo que estaba ocurriendo. Doñana se fue despoblando a lo largo de la noche y en carromatos y camiones cargaron sus pertenencias al amanecer los últimos que la habitaron. Y ahí fue cuando desperté definitivamente, aún a media luz, oyendo cantar fuera a los madrugadores gorriones. Abrí el whatsapp y con el primer mensaje pude saber que José Boixo había muerto mientras yo, dormido, soñaba con su despedida.

Un tiempo antes Boixo formó parte de un sueño que yo también habité. Pero era otro tipo de sueño, uno de esos sueños enormes que viven en la realidad y que deshacen lo cotidiano para convertirlo en extraordinario. El sueño se llamaba Doñana y ojalá no fuera necesario narrarlo en pretérito.

Todo comenzaba mucho antes de que yo naciera, a principios de la década de 1950, cuando dos jóvenes entusiastas de las aves llegaron a las marismas andaluzas atraídos por el halo misterioso y mítico que había quedado impregnado en aquel enorme territorio a través de los escritos de los viajeros y exploradores de cien años atrás. Fue un amor a primera vista: José Antonio Valverde, el más joven de los dos, quedó prendado para siempre y dedicó su vida a la conservación de Doñana.

Valverde fue un adelantado a su tiempo: organizó la estrategia para conservar Doñana como si de una campaña bélica se tratara. Y aprovechó el camino abierto por los viajeros románticos para alimentar ese mito y convertirlo en el mascarón de proa de la conservación de la naturaleza en Europa. Doñana fue una luz, un faro, un símbolo, que un grupo de muchachos indomables hacía crecer cada día bajo la batuta de Valverde. Y a aquel grupo de irreductibles los elegía él personalmente. Y eso marcó la diferencia. El tiempo demostró que aquel fue un casting inmejorable. Alocados, jóvenes y apasionados, pero con los pies en la tierra, en las arenas de Doñana. Y a aquella banda se unió, irremediablemente, otra compuesta por cinco de los antiguos guardas del Coto de Doñana, que Valverde debió asumir cuando compró una parte de aquellas tierras para comenzar su aventura bajo el nombre de “Estación Biológica de Doñana”. Cinco muchachos que habían nacido en el Coto y habían crecido bajo el amparo de la tradición y a las órdenes de las familias pudientes que ostentaban la propiedad de aquellas tierras cuyo uso era la cacería y el recreo. Guardas que preparaban tiradas de venados, rozaban los pastos con fuego o tractoreaban las rayas. Que repetían las labores heredadas una y otra vez para aumentar las reses cazables y se dedicaban con inquina a perseguir a aquellas especies que estaban señaladas como alimañas.

-¿Qué era una alimaña, Boixo?
-Cualquier tipo de animal que compitiera con las especies cazables, lo mismo los linces que águilas. Casi todo lo que hoy está protegido antes se llamaba alimaña. Los señoritos pagaban por cada ejemplar que matábamos. Por un lince, cuatro duros.

Pero de la noche a la mañana el mundo se dio la vuelta y todo aquello que había sido maldito debía ser protegido, mimado con más esmero aún que antiguamente a la caza. Ya no se podían descorchar los alcornoques, ni se podían poner cepos, ni perchas, ni bajar a tiros a las águilas. Los venados, los gamos y los jabalíes pasaron a interpretar un papel secundario y las especies perseguidas pasaron a ser protagonistas absolutos. Y un grupo de jóvenes desarreglados y de bolsillos vacíos ocuparía definitivamente el lugar de los respetados señoritos de toda la vida. Fue un tránsito difícil que tardó muchos años en completarse. Valverde, consciente de que debía hacer concesiones claras a los tiempos que desaparecían, decidió nombrar, de entre aquellos cinco muchachos, un Guarda Mayor para la Estación Biológica. Fue José Boixo y ejerció el puesto hasta el mismo día en que se jubiló, cuarenta años más tarde.

Pocos días antes de su jubilación, José Boixo me hizo un regalo misterioso: una anilla para aves de gran tamaño con la numeración 001 de la Estación Biológica de Doñana. Cuando le pregunté a qué ave había pertenecido, comenzó a reírse pícaramente y me retó: “averígualo tú mismo”. A partir de ese momento esa anilla formó parte del llavero que me acompañó durante años y que reunía las llaves de las cancelas de acceso a Doñana. Para mí ese llavero tenía un significado simbólico que superaba incluso a su utilidad terrenal: con él se abrían todas las puertas del paraíso. Pasaron algunos años, no muchos, y una tarde, estando con José Antonio Valverde en la que quizás fuera la última ocasión en que nos juntamos antes de su fallecimiento, le dije: “¿Usted tendrá idea de a qué ave debió pertenecer esa anilla?”. Valverde abrió muy grandes sus sorprendidos ojos antes de mirarme y preguntar: “¿quién fue?¿Dime quién fue quien te la dio?”. Sus carcajadas fueron muy sonadas cuando le dije que había sido Boixo: “Llevo cuarenta años esperando este momento. ¡Por fin puedo saber quién fue!”, y emocionado me fue desgranando los detalles de aquel misterio que, como un puzzle, ese día recibía su última pieza. Resulta que aquella había sido la primera anilla de su serie fabricada con el remite “Estación Biológica de Doñana” y Valverde se la quiso poner a un ejemplar de buitre torgo medio domesticado que tenían en los alrededores del Palacio. Era un buitre exótico que de alguna forma Valverde había traído a Doñana en los primeros años de la Reserva. Aquello fue un escándalo entre los locales: el buitre perseguía incansablemente a las gallinas y las sometía a un estado de estrés insoportable. Más de un guarda juró en voz alta que le acabaría arreando dos tiros a esa alimaña endemoniada. Y un buen día, cuando Valverde regresó de una ausencia, el buitre había desaparecido como si la tierra se lo hubiera tragado. Y, como es de suponer, nadie en la Reserva sabía nada. Pero Valverde podía intuir que aquel hecho no había sido fortuito y que una mano cercana a él había hecho desparecer al torgo. De hecho, siempre estuvo seguro de que todos, como en Fuenteovejuna, sabían el cuándo y el cómo de aquella desaparición. Todos menos él. Pero pasaron los años y nadie jamás desveló ningún detalle sobre la misteriosa pérdida. José Boixo conocía mi amistad con Valverde y ahora, viéndolo en perspectiva, estoy convencido de que me dio aquella anilla porque estaba seguro de que el mensaje llegaría en algún momento a su destinatario y el círculo se cerraría finalmente, como en una novela de detectives. “¿Así que fue Pepe Boixo!”, repetía Valverde una y otra vez cuando nos despedimos aquella última tarde en que nos encontramos. “Siempre lo sospeché”.

Las tardes de conversación con Valverde fueron muchas y deliciosas, como también lo fueron con Boixo. Y es que, desde que llegué a Doñana conecté inmediatamente con aquellos que la habían hecho crecer, con los guardas viejos, con los investigadores que formaron la tropa de Valverde, con las cocineras del Palacio y también con los carboneros, los riacheros, los piñeros e incluso con los furtivos. Sus historias me fascinaban. La riqueza de su lenguaje, la narrativa del monte, el conocimiento que atesoraban aquellas personas, muchas tenidas por iletradas, y la inmersión permanente -y con inquebrantable fe- en lo real maravilloso, como una forma de entender la vida. A veces andaba a caballo solo y veía en el horizonte de la marisma una silueta de un hombre cabalgando. Ambos sabíamos que éramos solo dos en aquella inmensidad de tiempo y espacio. Y, tras ir acercándonos mutuamente poco a poco, en medio, justo en el centro, de aquel horizonte circular, acabábamos intercambiando irremediablemente tabaco y conversación. De hecho, debo decir que esa fue la más poderosa razón por la que fumé durante aquellos años. Echar un cigarro era sembrar en una amistad y hacerla crecer. Aquellas historias de animales y hombres en Doñana eran como un alimento para mí, para el niño curioso que siempre ha habitado en mí.

Llegué a Doñana años después del nacimiento del mito de Valverde. La primera vez que pisé sus arenas fue en una excursión con el colegio. Y aún siendo así de pequeño sentí entonces, con nitidez, ese golpe de amor que años antes le había cambiado irremediablemente el magnetismo a la brújula de Valverde. Así que no pasó mucho tiempo para que regresara y regresara y regresara, hasta que me quedé. Y de pronto pasé, de sentir a Doñana habitando en mi corazón, a trabajar y habitar en el mismo corazón de Doñana durante más de un cuarto de siglo. Y fue durante ese tiempo cuando me sumergí en el mundo de aquella gente montuna y salvaje que vivía bajo el sol y bajo la lluvia cada uno de sus días. Al poco tiempo me fui a vivir a la Casa de Martinazo, en el lugar más perdido y bello de la Vera de la Reserva Biológica de Doñana. Boixo se dejaba caer cada poco tiempo por la casa y apoyados en la tranquera charlábamos durante largo rato. Me aconsejaba o me facilitaba tanto como estuviera en su mano. Comenzar una vida con dos niños pequeños en una casa aislada en medio de la nada, sin electricidad, teléfono ni casi ninguna de las comodidades del mundo de hoy, fue una tarea en la que tuve que poner todo mi empeño. Con el tiempo supe que las apuestas sobre cuánto iba a durar en Martinazo en ningún caso previeron más de un año. En realidad pasé bajo el cielo del Coto un cuarto de siglo, diecisiete de aquellos años en la casa de Martinazo y otros cuatro en el Palacio de Doñana.

Un día, Boixo me pidió que le hiciera una fotografía. Quería que lo retratara ante el alcornoque número 308. Porque los alcornoques en Doñana tienen todos su número y alguno incluso su nombre propio. En los primeros años de la Reserva Valverde mandó a numerarlos todos con unas tablillas de madera que fueron grabadas a fuego con los mismos hierros con que se marcaba el ganado. Boixo se encargó personalmente de recorrer cada rincón de la Reserva a caballo y de clavar las tablillas sobre la piel de corcho de los centenarios árboles. Y casi de cada uno de los 454 que marcaron, él era capaz de narrarme una historia maravillosa, una anécdota curiosa o un hecho memorable. Hoy, de aquellos queda menos de la mitad. Boixo sufría con cada pérdida. En realidad sufrió mucho ante los errores de gestión que se han cometido repetidamente en Doñana y que han ido encaminando a este espacio natural hacia un futuro incierto. Los desaciertos en Doñana han sido muchos y sus consecuencias irreparables. Pero aquel día Boixo deseaba que yo le hiciera un retrato en el alcornoque 308. Y nunca me quiso decir por qué bajo aquel alcornoque, cuál era la causa, el recuerdo tan importante en su vida, que merecía un retrato tan especial. Yo le insistía, entre bromas, y él sonreía para sí, agachando la cabeza y cambiando de conversación. Y el secreto se marchó anoche con él.

Doce años después de aquel día, Antonio Camoyán -fotógrafo y amigo- me telefoneó con cierta urgencia porque también quería que le hiciera un retrato frente a un alcornoque de Doñana, esta vez era el número 35. Y las razones eran otras y conocidas por todos: con la fotografía de un atardecer tras aquel alcornoque de las Pajareras de la Fuente del Duque había obtenido en la década de 1970 su primer gran reconocimiento público y la imagen acabó formando parte del imaginario colectivo sobre Doñana, representando de forma inequívoca la esencia de este espacio salvaje.

Mirando hacia el pasado me doy cuenta de que han sido muchas personas las que, tras vincularse a Doñana, decidieron o sintieron que quedaban unidas espiritualmente a un árbol. Yo también lo sentí, y lo siento vivamente. Mi alcornoque es el número 96. Se encuentra en la Vera, al norte de la Pajarera y al sur del Caño de la Raya, cerca de Martinazo, el lugar donde fui tan feliz. Si pudiera elegir dónde reposar cuando me vaya, sería, sin duda, en ese lugar de la Vera. Que algo de nosotros quede, ligado con las arenas del Coto, aún cuando ni el alcornoque ni yo existamos.

José Boixo nació en la marisma, bajo el cielo salvaje. Su madre no alcanzó a llegar hasta ningún sitio habitado y finalmente el pequeño vino al mundo en el pacil de las Carabihuelas. Vivían en la casa de Hato Barrera, en la Vera de los Sotos. También allí, ante las ruinas aún visibles de la que fue su casa, lo fotografié una tarde en que paseábamos buceando en sus recuerdos.

Boixo mató su primer lince siendo un niño. Su padre le enseño a tirar a los conejos y lo mandaba por las tardes a acecharlos frente a sus huras, a unos metros del hato. Él se tumbaba y esperaba pacientemente cada tarde a que se arracimara una cantidad suficiente de conejos para que de un único disparo pudieran morir varios. No eran tiempos para desperdiciar munición. Una de aquellas tardes de aguardo, un gran animal apareció repentinamente en la escena y el pequeño Pepe, aterrorizado, disparó y salió huyendo despavorido hacia la casa: “¡un león!¡Socorro, un león!”. Acababa de matar el primero de los veintitrés linces que abatiría a lo largo de su vida.

Era otra Doñana. Eran otros tiempos. Aquella gente formaba parte real de Doñana. Un todo, un único ecosistema que albergaba hombres y naturaleza sin que hubiera un línea nítida que los separara. Unas pocas familias, salpicadas a lo ancho de un paisaje enorme, solo limitado por el horizonte. Con miserias e injusticias, con frio y enfermedades. Pero con una autenticidad que jamás podrá volver a repetirse. Y esa gente se está marchando, como en mi sueño de anoche. En realidad casi todos se han marchado ya. Pude despedirme de algunos durante la noche en que se marchó Boixo. Ahora sé que aquellas despedidas, las que estaban inmersas en el sueño, eran las reales. Allí estuvieron Rosa Chulián, Antonio Otero, José María Pérez de Ayala, Antonio Camoyán, Antonio Clarita, Manolo Máñez e, inesperadamente vino a despedirse, tras montar todas sus pertenencias en un carromato, José Boixo. Cuando desperté del sueño, todos se habían ido, también Boixo. Doñana ha debido despertar solitaria sin ellos.

Héctor Garrido

La Habana, Cuba, 10 de mayo de 2022

 

Enlaces para leer más:

Antonio Camoyán y el poder de una imagen: https://blog.hectorgarridophoto.com/sin-categoria/antonio-camoyan-y-el-poder-de-una-imagen/

José María Pérez de Ayala, Pepe: https://blog.hectorgarridophoto.com/sin-categoria/jose-maria-perez-de-ayala-pepe/

 

José Boixo, Guarda Mayor de la Reserva Biológica de Doñana, ante el alcornoque número 308. Fotografía: ©Héctor garrido

José Boixo, Guarda Mayor de la Reserva Biológica de Doñana, junto a José Antonio Valverde y Félix Rodríguez de la Fuente, cabalgando en las dunas de Doñana. Archivo de la Estación Biológica de Doñana/CSIC

Casa de Martinazo, en la Reserva Biológica de Doñana. Fotografía: ©Héctor garrido

Señalización antigua del Coto de Doñana. Parque Nacional de Doñana. Fotografía: ©Héctor garrido

Alcornoque 96, Reserva Biológica de Doñana. Fotografía: ©Héctor garrido

Restos del alcornoque 35 en Pajarera de la Fuente del Duque, Reserva Biológica de Doñana. Fotografía: ©Héctor garrido

Lince ibérico (Lynx pardinus). Fotografía: ©Héctor garrido

José Boixo, Guarda Mayor de la Reserva Biológica de Doñana. Fotografía: ©Héctor garrido

José Boixo, Guarda Mayor de la Reserva Biológica de Doñana. Fotografía: ©Héctor garrido

José Boixo, Guarda Mayor de la Reserva Biológica de Doñana, ante el palmito gigante de la Reserva . Fotografía: ©Héctor garrido

José Boixo, Guarda Mayor de la Reserva Biológica de Doñana. Fotografía: ©Héctor garrido

José Boixo, Guarda Mayor de la Reserva Biológica de Doñana, ante el alcornoque número 308. Fotografía: ©Héctor garrido

 

 

 

 

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16 respuestas a Requiem por un sueño

  1. Ernesto Daranas dijo:

    Conmovedor relato.
    Gracias por compartirlo.
    Memorias como esta merecen ser una puerta al futuro.
    Ernesto Daranas

    • Francisco Javier Bermejo Perez dijo:

      Magnífico relato de una persona que refleja una época de una Doñana que ya no existe. Yo también conocí a José Boixo en mis correrías por la marisma y Doñana, representaba un modelo de guarda ligado al terreno y formando parte de el, nada que ver con lo de hoy.

    • hectorgarridophoto dijo:

      Gracias, hermano mío! Un abrazo!

  2. Patricia dijo:

    Me ha gustado mucho tu escrito

  3. Ana Andreu dijo:

    Gracias Chiqui por este hermoso relato sobre la Doñana q se nos va con cada uno de estos hombres y mujeres, entrañables amigos y maestros

  4. Un placer leer tan bello y conmovedor relato. Fotos extraordinarias. Gracias.

  5. Arro de Mendibil dijo:

    Me siento conmovido por este relato entrañable de Doñana, es un regalo , gracias por compartirlo. Doñana es poesía, te quedas prendado de esta maravilla . Mi primer viaje fue en 1.974. Desde entonces he vuelto todos los años, varias veces, Cada viaje supera el anterior. Doñana es Poesía, es mi Tajabone del alma..
    Gracias Juanma!!!!

  6. Gracias por tan Hermoso escrito Chiqui. Yo tuve el privilegio de trabajar 3 años con poblaciones de conejos de Doñana y habitaba las habitaciones de palacio. Cada vez que tenia tiempo me unía a experiencias de otros proyectos, insectos, ciervos, linces, plantas, milanos…

    Tu escrito no solo me regala recuerdos, también vivencias y la sensación de volver a estar ahí. Leerte ha sido un privilegio. Abrazo grande.

  7. Juan Carlos Rubio García dijo:

    Gracias Chiqui por tan conmovedor relato, que reune los sentimientos de muchos de los que hemos pasado por Doñana y hemos tenido la oportunidad de conocer a personajes como Pepe Boixo, con el que se nos va la historia viva y el corazón de esta tierra mítica.

  8. Judit dijo:

    Gracias Chiqui, precioso….aun recuerdo a Boixo en nuestros inicios en Doñana con los tritones….que maravilla volver a recordarlo! Un abrazo grande.
    Judit

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