
Hace más de treinta años hice mi primera exposición fotográfica, a la que llamé «Hombre y animal: confluencias, influencias, coincidencias». Hoy he encontrado el catálogo de esa exposición y, viajando en el tiempo, he querido recuperar algunos fotogramas de aquel entonces. Para mi sorpresa, los negativos originales, en blanco y negro, aún se encuentran en aceptable estado de conservación.
Durante muchos años trabajé solo en blanco y negro. El uso del color ni siquiera me atraía. En el blanco y negro encontraba todo lo que necesitaba para expresarme. Su capacidad de síntesis era y sigue siendo incomparable.
Viví muchos años bajo esa fascinación que me producía la fotografía clásica en blanco y negro. Andaba completamente seducido por el proceso de la fijación de la luz sobre el negativo, por las maravillosas texturas que producen los haluros de plata sobre el acetato, por el espíritu de creatividad que nace en la oscuridad del laboratorio fotográfico, y por la mágica aparición de la imagen final sobre un papel sumergido. La luz haciéndose materia física mediante un proceso en el que hay que pasar por la oscuridad absoluta, el uso de metales preciosos y la inmersión en agua temperada. Casi alquimia. Y en ese refugio cerrado que es el laboratorio, se completaban las obras que había creado a plena luz, en medio de la naturaleza más salvaje de Doñana, de las Sierras y marismas, de África…
Con el paso del tiempo, el discurrir de la vida me llevó a tener que disparar en color. Resultó que la mayoría de las revistas donde deseaba publicar así lo exigían. Y poco a poco el color fue ganándole terreno al blanco y negro, hasta que, en una mudanza, al llegar a la nueva casa, el laboratorio fotográfico, no encontró acomodo y se quedó guardado en cajas, a la espera de mejores tiempos.
Y, sintiendo de nuevo la magia de los grises, quizás sea que esos mejores tiempos han podido empezar a llegar.